La relación entre los humanos y las gemas se remonta hasta el mismo origen de nuestra especie. Los colgantes y cuentas de marfil, por ejemplo, considerados hoy en día como gemas se generalizaron hace unos 35.000 años. Puede que entonces tuvieran una función simbólica o mágica, quizá como ornamentación personal estuvieran vinculados a la identidad del individuo o a la integración social a un colectivo, algo así como una expresión étnica. No lo sabemos con exactitud porque es difícil penetrar en el mundo simbólico de entonces con nuestros esquemas mentales actuales. Los individuos que realizaron estos objetos probablemente pensaban y tenían otras motivaciones diferentes a las que a nosotros se nos ocurren ahora. Pero, una cosa es evidente: en los albores de las sociedades humanas las gemas ya se utilizaban.

Figura oriental moderna de marfil. 18,50 cm de altura

En la actualidad continua la atracción que las gemas ejercen sobre las personas, ahora prima el interés estético, la distinción social o el valor económico, incluso mantienen cierta función simbólica como el diamante en las joyas de compromiso. Y, ¿por qué no? todavía perdura para algunas personas, aunque en menor medida, una función mágica o propiciatoria.
Las gemas son elementos inherentes en la mayor parte de las joyas, en muchas ocasiones los componentes más importantes. Aunque gema y joya pueden existir independientemente, las gemas en colecciones y las joyas elaboradas simplemente con algún metal precioso, la mayor parte de las veces las joyas son una combinación de metal precioso y gema cuyo fin es decorativo personal. Algunas veces también es una expresión artística. Pero, sobre todo, la joya actual es creatividad y novedad, una diferencia importante con respecto a las sociedades antiguas que no estaban sometidas a las oscilaciones e inestabilidad de las modas. No es que las sociedades antiguas no mostraran a veces un gusto por la ornamentación personal y buscaran cierto efecto estético, algunas civilizaciones como Roma y Grecia han visto desarrollarse fenómenos de estética y refinamiento notables, pero las variaciones no eran precipitadas como en las modas actuales en las que el cambio es constante.

Camafeo de coral. Réplica de un camafeo romano, 2,8 cm x 1,5 cm

A lo largo del tiempo se han utilizado gran variedad de gemas: cornalina, turquesa, lapislázuli, malaquita, amatista, perlas…. En el siglo XVI el diamante empezó a tomar auge, a partir del siglo XVIII, con la difusión de los diamantes brasileños, este auge se reforzó y quedó definitivamente encumbrado al encontrarse los yacimientos de Sudáfrica y organizarse metódicamente su explotación y distribución. También en el siglo XIX se identificaron nuevos minerales con cualidades gemológicas de manera que la lista de gemas aumentó considerablemente con gemas como la alejandrita descubierta en 1831; la andalucita de color verde, rojo y naranja; la axinita de color pardo canela o la benitoita de color azul. En 1902 entró en escena la variedad lila de la espodumena llamada kunzita. En fin, la lista sigue ampliándose con nuevas gemas disponibles en cantidades comerciales, una de ellas, por ejemplo, la sultanita de color verde con luz de día y rosada con luz artificial.

Sultanita, con luz artificial (izquierda) y con luz de día (derecha)

Lo que quiero destacar con esta escueta lista de gemas es que en la joyería actual se emplean generalmente muy pocas, tengamos en cuenta que hay más de 60 gemas cuya dureza es superior a 6 en la escala de Mohs; es decir, que pueden llevarse engastadas en una joya y no se estropean fácilmente. Entonces, ¿por qué predominan abrumadoramente el diamante, rubí, zafiro y esmeralda? No digo que otras gemas como las perlas o algunas artificiales como las circonitas y vidrios no se utilicen. Nada más lejos. Lo que quiero decir es que muchas gemas como las turmalinas, espinelas o granates, por ejemplo, con un gran potencial para atraer al público se utilizan muy poco. Aunque algunas veces, eso sí, ejemplares excepcionales alcanzan precios elevados como la espinela roja de 53,13 ct, subastada en Bonhams, Londres, en septiembre de 2014 y adjudicada por 962.500 £.

Apatito amarillo verdoso.

La razón que habitualmente se da para marginar a tantas gemas es que el público no las demanda, y, además, es difícil encontrar un suministro regular. No estoy de acuerdo con ello. Por lo que respecta a la escasa demanda del público por las gemas menos conocidas, me inclino a pensar que es por el desconocimiento en general de las posibilidades que brindan. Y, en cuanto a la dificultad para encontrar un suministro estable existen canales comerciales profesionales perfectamente establecidos para abastecer la demanda de casi cualquier tipo de gema. Todo es cuestión de buscarlas.

Turmalina rosa o rubelita

Ahora bien, es importante conocer las características de las gemas que van a ir engastadas en la joya: diferenciar unas de otras y prestar atención a propiedades tan importantes como la dureza, tenacidad, fragilidad y resistencia a los agentes químicos y detergentes; estos factores deben tenerse en cuenta para dar el mejor destino a una gema. Un bello granate verde, pongamos por caso, podría ir engastado perfectamente en una sortija, mientras que un apatito azul encontraría mejor acomodo en unos pendientes porque su dureza no es relativamente tan alta, igual que una cianita azul encajaría mejor en un broche.
Y, por último, recordemos que las gemas no son solo un elemento decorativo personal, indicador de posición social, o mercancía móvil con un elevado valor por unidad de peso, tienen también una dimensión simbólica y emocional indudable que no debemos olvidar. Por eso, al comprar una gema deberíamos hacerlo principalmente porque nos gusta, así nunca nos sentiremos defraudados.
Escrito por José Manuel Rubio Tendero


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